
Historia de un niño sin importancia
Tomé mi vehículo como todos los días, salí de casa sin prisa, con el tiempo necesario para llegar a mi destino; era una mañana despejada de febrero, agradecí al Dios Eolo el paisaje de esa mañana bañada de sol y claridad en la ciudad, apercibiéndose incluso a los lejos los Volcanes – don Goyo y su mujer -, maravillosos, cubiertos de esa nieve perpetua que se derretirá seguramente al término de la primavera.
Di la vuelta en “U” en la avenida y empecé mi día en el volante, había apenas cambiado de coche, y en el pensamiento habitaba solo la idea de acoplarme a el, por el momento era lo importante, ah y también pensé en ponerle gasolina para la semana.
En la esquina, lo de siempre, ese anciano con mal de parkinson, mi cliente como le digo, al que procuro darle alguna moneda, aunque ha cambiado su horario, tal vez haya mejorado el negocio, o tal vez sea mas propenso al frío y se ha percatado que no afecta a sus finanzas salir un poco mas tarde.
En el siguiente semáforo, el niño malabarista, difícil adivinar su edad, 7, 8 años? Que pudieran ser 10, los necesarios tal vez para ya saber robar o chantajear con su ropa sucia y resquebrajada, vomitiva y repulsiva y su cara “x” sucia también y resquebrajada también. Adivino que usaba pantalón de mezclilla, o lo que fue un pantalón de mezclilla, y una playera otrora blanca, donde apenas se alcanzan a leer las letras finales de alguna campaña electoral de color beige o tal vez haya sido amarilla – …BRADOR – reza la playera sucia y maloliente. No estaba muy lejos, pero las eternas luces rojas, me daban tiempo de apreciarlo, acercándome poco a poco, mientras el ignorante de mí repetía una y otra vez sus malabares.
Mazda 3, placas 101USB, numeración algo así como metafísica, como invocando ese aparato de memoria que llevo en el interior del bolsillo del pantalón no?, bueno a quién le importa.
Me acerque mas a la línea de salida, es decir al crucero, anhelante de luz amarilla primero en el semáforo de la avenida perpendicular y atento al color verde de la mía; mientras tanto, tenía ya al niño a mi alcance.
Viéndolo bien no tenía rasgos indígenas ni indigentes, era puedo decir hasta bien parecido, si hubiera nacido en alguna mejor familia, o debo decir si tan siquiera hubiera tenido una. Sus ojos vivarachos y llenos de vida, alegres, de pupila distendida, tal vez por ser temprano, antes de las 9:00, posiblemente no había almorzado y el hambre no había despertado aún.
Quien sabe, mas tarde, cuando el sol además de bañar las calles, comience también a recordarnos con su calor la comida, la sed, el hambre, y percibamos en ese sudor mediodiero que tenemos hambre, mas, ese niño; ya no tendría esa cara alegre y esos ojos vivarachos.
Mientras admiraba sus malabares, me preguntaba a que escuela iría, a aprender a hacer malabares por supuesto, porque a quién le importaría si sabe leer o escribir, o cantar, o bailar, que mas da, eso no es importante, posiblemente pueda saber algo de inglés pero no escribir su nombre. En fin, sus manos sin mucho esfuerzo controlaban 2,3, 4 pelotas, haciéndolas girar en el flujo se sus manos, sin mucha prisa, tomando el tiempo solamente justo de avance de cada semáforo. Sus manos obviamente sucias, entre negro, gris y un leve color carne que mas que se veía se adivinaba dejaban entrever, los círculos de la constancia de las monedas de 1 tal vez 2 pesos, todos círculos pequeños. Manos mugrientas, tal vez incapaces de hacer mas nada que jugar con las pelotas y cazar algunas monedas. Manos pequeñas, inútiles, sin esperanza, sin sentido mas que el de sobrevivencia de un día más, solo eso, no esperan un sueño tranquilo, ni descansar, porque no sabe siquiera si necesitará un día mas para ello, solo el hoy, mañana tal vez no esté, tal vez se drogue, se contagie de alguna enfermedad, o no duerma por el frío o el calor, o porque tiene hambre. Esa hambre que se sacia con el solo no pensar en ella, o de ingerir cualquier cosa que engañe al estomago, o que gracias a algún generoso “amigo” pueda fumar cualquier cosa que le haga olvidar el hambre para poder empezar de nuevo al siguiente día, mientras se acurruca dentro de una coladera maloliente para acabar el día, o tal vez, solo tal vez, atrape alguna cucaracha para saciar su hambre y pueda dormir tranquilo, total, a quien le importará que coma esa cucaracha, nadie la extrañara, nadie al igual que al niño.
Ups, la luz verde se ha puesto, distraído en el niño estaba en Parking esperando el cambio de luz, le doy una moneda en su mano al niño, desearía estrechársela y desearle buena suerte ese día, pero vamos, en que le ayuda y a quien le importa ese niño.
Avanzo, que felicidad…bueno tengo que preocuparme por adaptarme de nuevo al auto, que calamidad, eso es lo que importa.
Jordi
Tomé mi vehículo como todos los días, salí de casa sin prisa, con el tiempo necesario para llegar a mi destino; era una mañana despejada de febrero, agradecí al Dios Eolo el paisaje de esa mañana bañada de sol y claridad en la ciudad, apercibiéndose incluso a los lejos los Volcanes – don Goyo y su mujer -, maravillosos, cubiertos de esa nieve perpetua que se derretirá seguramente al término de la primavera.
Di la vuelta en “U” en la avenida y empecé mi día en el volante, había apenas cambiado de coche, y en el pensamiento habitaba solo la idea de acoplarme a el, por el momento era lo importante, ah y también pensé en ponerle gasolina para la semana.
En la esquina, lo de siempre, ese anciano con mal de parkinson, mi cliente como le digo, al que procuro darle alguna moneda, aunque ha cambiado su horario, tal vez haya mejorado el negocio, o tal vez sea mas propenso al frío y se ha percatado que no afecta a sus finanzas salir un poco mas tarde.
En el siguiente semáforo, el niño malabarista, difícil adivinar su edad, 7, 8 años? Que pudieran ser 10, los necesarios tal vez para ya saber robar o chantajear con su ropa sucia y resquebrajada, vomitiva y repulsiva y su cara “x” sucia también y resquebrajada también. Adivino que usaba pantalón de mezclilla, o lo que fue un pantalón de mezclilla, y una playera otrora blanca, donde apenas se alcanzan a leer las letras finales de alguna campaña electoral de color beige o tal vez haya sido amarilla – …BRADOR – reza la playera sucia y maloliente. No estaba muy lejos, pero las eternas luces rojas, me daban tiempo de apreciarlo, acercándome poco a poco, mientras el ignorante de mí repetía una y otra vez sus malabares.
Mazda 3, placas 101USB, numeración algo así como metafísica, como invocando ese aparato de memoria que llevo en el interior del bolsillo del pantalón no?, bueno a quién le importa.
Me acerque mas a la línea de salida, es decir al crucero, anhelante de luz amarilla primero en el semáforo de la avenida perpendicular y atento al color verde de la mía; mientras tanto, tenía ya al niño a mi alcance.
Viéndolo bien no tenía rasgos indígenas ni indigentes, era puedo decir hasta bien parecido, si hubiera nacido en alguna mejor familia, o debo decir si tan siquiera hubiera tenido una. Sus ojos vivarachos y llenos de vida, alegres, de pupila distendida, tal vez por ser temprano, antes de las 9:00, posiblemente no había almorzado y el hambre no había despertado aún.
Quien sabe, mas tarde, cuando el sol además de bañar las calles, comience también a recordarnos con su calor la comida, la sed, el hambre, y percibamos en ese sudor mediodiero que tenemos hambre, mas, ese niño; ya no tendría esa cara alegre y esos ojos vivarachos.
Mientras admiraba sus malabares, me preguntaba a que escuela iría, a aprender a hacer malabares por supuesto, porque a quién le importaría si sabe leer o escribir, o cantar, o bailar, que mas da, eso no es importante, posiblemente pueda saber algo de inglés pero no escribir su nombre. En fin, sus manos sin mucho esfuerzo controlaban 2,3, 4 pelotas, haciéndolas girar en el flujo se sus manos, sin mucha prisa, tomando el tiempo solamente justo de avance de cada semáforo. Sus manos obviamente sucias, entre negro, gris y un leve color carne que mas que se veía se adivinaba dejaban entrever, los círculos de la constancia de las monedas de 1 tal vez 2 pesos, todos círculos pequeños. Manos mugrientas, tal vez incapaces de hacer mas nada que jugar con las pelotas y cazar algunas monedas. Manos pequeñas, inútiles, sin esperanza, sin sentido mas que el de sobrevivencia de un día más, solo eso, no esperan un sueño tranquilo, ni descansar, porque no sabe siquiera si necesitará un día mas para ello, solo el hoy, mañana tal vez no esté, tal vez se drogue, se contagie de alguna enfermedad, o no duerma por el frío o el calor, o porque tiene hambre. Esa hambre que se sacia con el solo no pensar en ella, o de ingerir cualquier cosa que engañe al estomago, o que gracias a algún generoso “amigo” pueda fumar cualquier cosa que le haga olvidar el hambre para poder empezar de nuevo al siguiente día, mientras se acurruca dentro de una coladera maloliente para acabar el día, o tal vez, solo tal vez, atrape alguna cucaracha para saciar su hambre y pueda dormir tranquilo, total, a quien le importará que coma esa cucaracha, nadie la extrañara, nadie al igual que al niño.
Ups, la luz verde se ha puesto, distraído en el niño estaba en Parking esperando el cambio de luz, le doy una moneda en su mano al niño, desearía estrechársela y desearle buena suerte ese día, pero vamos, en que le ayuda y a quien le importa ese niño.
Avanzo, que felicidad…bueno tengo que preocuparme por adaptarme de nuevo al auto, que calamidad, eso es lo que importa.
Jordi

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